Ajedrez
publicado en julio 2000
vida y aventuras de un peón alfil rey

Mi vida es humilde e insustancial. No Merece contarse. Es la vida del burócrata tímido de codos raídos que en virtud de quien sabe que designios fatales se ve lanzado de manos a boca a una aventura pavorosa. Pero algo de original me ha sucedido. Escúchenme:

Morí a la jugada 28.¡Quién lo hubiera dicho! ¡Pero no! No nos apresuremos y veamos todo en orden, desde mi cuna, mi adolescencia y la malaventurada tragedia que me sucedió.

Nací siendo un pobre diablo. ¡Un peón alfil rey! Cuanta envidia le tenía al peón caballo, mi vecino. Sobre todo cuando en la jugada tercera lo fianchetaron y quedó tan protegido! Eso me produjo un complejo de inferioridad. Mi única protección era el rey. Y ya todos ustedes saben que un rey es un ser más indefenso que un soldado de infantería en mitad de una batalla de tanques.

Desde la diagonal fatídica, un alfil enemigo me tenía un ojo puesto encima desde la tercera jugada. Yo no podía ni volverlo a mirar porque me daban escalofríos.

Finalmente mi patrón decidió enrocarse. Respiré con alivio. Ahora tenía una torre a mis espaldas. ¡Una torre! Empecé a toser fuerte y me sentí prepotente como el mozo cuando se fuma su primer cigarrillo. Incluso me permití dormir una siesta de descanso.

Cuando me desperté estábamos en la jugada 18. Horror de horrores. Mi patrón había jugado el rey de uno caballo a uno torre. Ya el alfil enemigo no me tenía clavado. Ahora, recobraba mi movilidad, era susceptible de entrar al combate. Desde ese momento comencé a rezar. Me encomendé a San Críspulo, santo de los timoratos.

Además, el adversario estaba apretando las clavijas. Yo lo notaba muy bien, aun cuando, por más que me empinara, no podía ver que sucedía en el otro lado del tablero en donde tenía lugar la ofensiva del enemigo. Pero lo notaba por la expresión de mi patrón. Le sudaban las manos. Tamborilleaba mal educadamente en la mesa. ¡Qué angustias!

El ataque del enemigo arreció. Oí decir a un mirón que se trataba de un ataque de las minorías. Siempre las minorías metiendo cizaña. Desee entonces creo en el gobierno de las mayorías.

Mi patrón tenía que contraatacar. ¡Yo lo sabía ya! El desastre. Me tomó de pronto. Con toda la mano. Me apretó el cogote y me puso enérgicamente en la cuarta casilla. Qué desolación. Allí, al ladito mío, estaba el peón enemigo de cuatro rey. Quise retroceder pero no me obedecieron los nervios. El reloj sonaba en mis oídos con persistencia martirizante. Cerré los ojos. No podía más. Me acuclillé y esperé lo peor. Y lo peor vino. El adversario me comió. Así como suena, prosaicamente. ¡Me comió! Es la peor muerte que le puede ocurrir a uno. Sobre todo cuando uno tiene ambiciones de metamorfosearse en dama al llegar a la octava casilla. Me comió. Y aquí estoy, escribiendo mi vida mínima. Mi vida desolada de pobre, maltrecho, abandonado y despreciado peón alfil rey.

Joaquín Gutiérrez, un bohemio del tablero y de la vida. Marzo de 1945


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Desde 1988 que el ajedrez forma parte de mi vida... a estas alturas, he pasado por prácticamente todos los roles relacionados con este deporte: árbitro, dirigente deportivo, profesor, y por supuesto, jugador. Me inicié en el Club de Ajedrez de Viña del Mar, a los 14 años, jugué varios torneos nacionales, y posteriormente me integraría a la Rama de Ajedrez de Ingeniería de la U. de Chile (aka. la chacra), de la cual fui presidente durante tres años.